viernes, 5 de junio de 2009

FERNANDO LUGO: ¿PEDERASTIA EN LA IGLESIA ESPAÑOLA?

FERNANDO LUGO:¿PEDERASTIA EN LA IGLESIA ESPAÑOLA?

Se le encoge a uno el alma cuando, de higos a caracoles, aparecen noticias de esa vileza –como mínimo- que llaman pederastia. Tocó ayer estremecerse tras la lectura del informe presentado por el arzobispado de Dublín: se sospecha que 102 sacerdotes de esta archidiócesis irlandesa abusaron sexualmente de al menos 350 niños, desde 1940. La publicación de este documento honra a la diócesis dublinesa, honra a Diarmud Martin, su pastor, y honra a toda la iglesia católica; como la vergüenza de Boston, y de todo lugar donde se quiera silenciar semejante crimen, mancha no sólo a los criminales que lo cometieron, no únicamente al obispo que los encubrió, sino a toda la iglesia católica. Porque la transparencia no daña, sino que resulta sumamente beneficiosa para una institución que ha de iluminar en vez de ensombrecer. Como dijera el difunto Juan Pablo II, a causa de este gravísimo daño


“la Iglesia es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido por la manera en que han percibido la acción los líderes de la Iglesia en esta materia”.
Cierto que sería necesario definir matices a la hora del mea culpa jerárquico, pues, aunque el delito (y el pecado) es siempre el mismo, con demasiada dolorosa frecuencia se han establecido grados, según haya sido cometido por heterosexuales (la inmensa mayoría de los pederastas) u homosexuales. Lo dejó claro en la primavera de 2002 el presidente de la Conferencia de Obispos de EEUU, monseñor Wilton Daniel Gregory, cuando, a raíz de los escándalos por abusos sexuales de sacerdotes católicos (mayoritariamente heterosexuales) estadounidenses, declaró olímpicamente que no permitiría que la Iglesia de EEUU fuera dominada por los homosexuales. Ahí es nada. O la desfachatez del cardenal de Chicago, monseñor Francis George, que se quedó tan pancho al afirmar, seguramente en un acceso de poca vergüenza:

“No es igual un monstruo como el padre Geoghan que engañaba a los niños para abusar de ellos, que algunos casos de sacerdotes que, víctimas del alcohol, han intimado con una jovencita”.
¿Se dan cuenta de los verbos y el género? De los niños se abusa, con las jovencitas se intima. Mi querido monseñor George, qué poquísima ninguna vergüenza.
¿Ha habido muchos casos de pederastia en la iglesia católica española? Parece indudable. La pregunta es cuándo habrá declaraciones “masivas” de víctimas de estos criminales abusos. Y cómo reaccionarán los obispos españoles (estando Blázquez al frente, y si el clan reaccionario de Rouco y Cañizares no da demasiado por culo, la respuesta se presumiría discreta y con cierta elegancia y transparencia 4, en una calificación de 0 a 10), desbordados o aparejando lo que venga. Bendito sea Dios, a ver qué pasa. El día menos pensado, cantan las víctimas.
A mi amigo Kepa se lo benefició el director de su colegio salesiano, en su despacho, contra el gran globo terráqueo. Kepa era un niño de diez años. Lleva callado treinta y tantos. Siente vergüenza él, cuando quien tendría que sentirla es el golfo delincuente que abusó de él.
A Juan María lo toqueteaba el capellán de su colegio de hermanos maristas. Lo llamó a su despachito, le preguntó si se la tocaba, le hizo enseñársela. Juan María ha estado a punto de denunciar estos hechos en dos ocasiones, pero se echó atrás debido al precario estado de salud del ya anciano sacerdote. Las víctimas –mi amigo es agnóstico- se muestran más evangélicamente compasivas que sus abusadores.
El párroco de Pepón estaba encaprichado con él. Aprovechó una hora de bajón en que el niño lloraba en su hombro para –sinvergüenza- sacarse el pene, penetrar al niño por la boca y eyacular dentro. Pepón vomitó: fue lo único que salió de él. A mí me lo ha contado doce años más tarde, también avergonzado, como si fuera él el criminal.
A Carlos lo perseguía, después de haberlo ungido con el crisma, el obispo que lo confirmó. Carlos le permitió únicamente sobarle el culo, por respeto a sus canas y dignidad. Basta ya.
Cuando el asunto de la pederastia estalle en nuestro país, puede que Dublín a su lado sea un inocente jardín de infancia. Ojalá que los obispos españoles (algunos de ellos ya con las barbas puestas en remojo, que me lo han dicho) reaccionen con la enorme dignidad del benemérito monseñor Martin, candidato a nuestro Premio San Ildefonso. Así sea.

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